El 25 aniversario de la Universidad Católica Santo Domingo

24 12 2007

NICOLÁS DE JESÚS CARDENAL LOPEZ RODRÍGUEZ

DISCURSO PRONUNCIADO EN LA GRADUACION DE LA UNIVERSIDAD CATOLICA SANTO DOMINGO.

18 de diciembre de 2007

La Universidad Católica Santo Domingo está celebrando sus 25 años de fundación. El pasado día 8 de diciembre tuvimos en la parroquia universitaria una Eucaristía para dar gracias al Señor por este feliz aniversario y hoy se gradúan más de cuatrocientos profesionales en distintas áreas del saber.

Como dije en esa ocasión, la Universidad fue un deseo del fallecido Cardenal Octavio Antonio Beras, a quien me correspondió suceder como Arzobispo de Santo Domingo el día 16 de noviembre de 1981. Él mismo quiso participar en el primer acto que organizamos para dar a conocer el proyecto y ver quiénes estaban dispuestos a colaborar. La respuesta fue pronta y entusiasta.

Para mí la nueva Universidad se constituyó en el segundo desafío importante de mi episcopado en Santo Domingo. El primero fue el Monasterio Santa Teresa de Jesús, fundado el 15 de octubre de 1982, justamente el mismo día que se cumplían los cuatrocientos años de la muerte de esta gran Santa y Doctora de la Iglesia, escritora genial y fecunda y como la definió Pablo VI “madre llena de encantadora sencillez y maestra llena de admirable profundidad”.

Todo esto sucedía hace 25 años y nuestra querida Universidad presenta hoy al pueblo dominicano una impresionante galería de más de diez mil egresados, que están trabajando en diversos puntos del país y del extranjero, contando en la actualidad con una matrícula de ocho mil estudiantes, que reciben cátedras de unos quinientos profesores.

La Universidad cuenta en este momento con ocho facultades y veintidós escuelas, y trabajan en ella, además, cuatrocientos funcionarios y personal de apoyo.

Nuestra Universidad tiene una clara conciencia de su vocación de servicio y de su responsabilidad en el campo social, por eso ha creado tres Centros de servicio al público, a saber: la Unidad de Rehabilitación Funcional, dirigida por profesionales de mucho prestigio que prestan esmerados servicios; el Centro de Investigación y Ciencias de la Familia, y la Clínica de la Escuela de Graduados de Odontología con cuatro especialidades: endodoncia, periodoncia, odontopediatría y rehabilitación bucal. Esos Centros están abiertos diariamente a cuantos puedan necesitar de sus servicios.

Habiendo participado en la fundación de dos universidades, la hoy Católica Nordestana y la Católica Santo Domingo, he tenido muy claro que un proyecto de universidad que se defina como tal tiene como centro de su interés y de su preocupación al hombre. Lo dijo con claridad el recordado Juan Pablo II a los universitarios romanos: “La Iglesia no tiene un programa de escuela universitaria, de sociedad, sino que tiene un programa de hombre, de hombre nuevo, renacido por la gracia”.

Sólo el hombre “nuevo” es capaz de traer novedad y vida a un mundo que, a pesar de sus avances, de su tecnología y de cuantas cosas le entretienen y distraen, está dando señales de que muchos de quienes lo dirigen van envejeciendo y son incapaces de brindarle la savia y el fermento cristiano para transformarlo.

El pensamiento de Juan Pablo II, a quien nadie puede discutir su profundo conocimiento de la cultura moderna y del ambiente universitario porque siempre estuvo vinculado a ambos, ese pensamiento hay que entenderlo en el contexto de sus reiteradas enseñanzas sobre el hombre, “la Iglesia no tiene un programa de escuela universitaria, de sociedad…”, lo que sí tiene ñ porque se lo ha dado Jesucristo ñ es un sentido cristiano de la cultura, de la universidad, de la política y de todas las realidades humanas, porque tiene un sentido cristiano del hombre nuevo, redimido por Jesucristo.

La Iglesia, es cierto, más que ninguna otra institución ha creado a través de los siglos innumerables universidades en los cinco Continentes, pero siempre lo ha hecho con el propósito de buscar, promover y defender apasionadamente la verdad que el hombre debe conocer.

También es cierto que en determinados momentos de la historia, ha habido y hay en nuestros tiempos personas, grupos y corrientes de pensamiento que han pretendido descalificar a la Iglesia en el campo científico invocando a la diosa razón a quien se levantó un templo en el corazón de París, a la libertad mal entendida y al progreso muy discutible, y no faltan hoy los osados y temerarios que se empeñan en semejante necedad y despropósito.

A todos ellos les respondió clara y valientemente el mismo Juan Pablo II en su magistral discurso a los hombres de ciencia en la Catedral de Colonia el día 15 de noviembre de 1980:

“Hoy, ante la crisis del sentido de la ciencia, ante las múltiples amenazas para su libertad y ante las dudas que el progreso suscita, los frentes de lucha se han cambiado. Hoy es la Iglesia la que entra en batalla:

por la razón y la ciencia, a quien ésta ha de considerar con capacidad para la verdad, capacidad que la legitime como acto humano; por la libertad de la ciencia, mediante la cual la ciencia misma adquiere su dignidad como bien humano y personal; por el progreso al servicio de la humanidad, la cual tiene necesidad de la ciencia para asegurar su vida y su dignidad”.

Y más adelante añadía: “La lucha por un nuevo humanismo sobre el que puede fundamentarse el desarrollo del tercer milenio tendrá éxito sólo si en ella el conocimiento científico entra de nuevo en relación viva con la verdad, la cual se revela al hombre como regalo de Dios”.

Esto lo dijo el gran profeta Juan Pablo II hace veintisiete años y creo que a nadie se le ocurre dudar del valor de estas afirmaciones.

También quiero referirme en este contexto al aspecto moral de toda actividad humana. Y quiero citar de nuevo a Juan Pablo II en su discurso a los universitarios del Congreso Univ’80: “Debemos afirmar que cada uno de los universitarios, profesor o estudiante, tiene necesidad urgente de dar dentro de sí, espacio al estudio sobre sí mismo, sobre el propio estatuto concreto ontológico… Aquí, en este saber, es donde se encuentra el hilo que entreteje toda la actuación del hombre en unidad armoniosa”.

Cuando el hombre pierde de vista la unidad interior de su ser, corre el peligro de perderse a sí mismo, aún cuando a la vez puede aferrarse a muchas certezas parciales referentes al mundo o a aspectos periféricos de la actividad humana.

Hay que repetir una y otra vez que el compromiso científico no es una actividad que mira sólo a la esfera intelectual. Afecta a todo el hombre y el quehacer humano posee una dimensión moral. En otras palabras, hagamos lo que hagamos ñ también el estudio, la investigación, la ciencia ñ advertimos en el fondo de nuestro espíritu una exigencia de plenitud y de unidad. Es el reclamo del bien que debemos buscar y promover.

Queridísimos graduandos y graduandas, la Universidad Católica Santo Domingo ha procurado dotarles de los mejores conocimientos pero al mismo tiempo ha querido sembrar en ustedes profundas convicciones y valores que los capaciten para el ejercicio digno de sus responsabilidades profesionales.

La mayor satisfacción de quienes fundamos esta Universidad y de quienes la dirigen es que todos ustedes se identifiquen con esos propósitos, sin olvidar que el mundo en que ustedes van a vivir y trabajar es decididamente competitivo y exigente y sólo podrán triunfar en él los que estén preparados en conciencia y se empeñen en mantenerse al día en sus conocimientos profesionales.

Tengan en cuenta, además, que sus respectivas profesiones y oficios no tiene razón de ser si no es en  función de los demás, lo que exigirá de ustedes apertura de mente y corazón, gran sentido de la generosidad, procurando comprender, sentir y experimentar en ustedes mismos las penurias, angustias y precariedades de tantos otros que no han tenido el acceso a los bienes de la cultura con que ustedes se han familiarizado que ciertamente es un privilegio del que hoy disfrutan.

A este propósito quiero invitarles a reflexionar sobre las calamidades que ha sufrido nuestro amado país en las últimas semanas. Decenas de hermanos y hermanas nuestros han perdido sus vidas por las riadas incontenibles de nuestros ríos. A todos ellos queremos recordarles en estos momentos con profundo cariño y respeto.

Pero otros muchos han pasado por la pena de perder prácticamente todas sus pertenencias por la violencia de esos fenómenos. En repetidas ocasiones me he dirigido al pueblo dominicano exhortándoles a demostrar nuestro sentido de humanidad y solidaridad para con esos hermanos y hermanas que han quedado en el más absoluto desamparo.

Todo esto sin mencionar las pérdidas incalculables que el país ha experimentado en la agricultura, en su sistema de comunicaciones con la destrucción de carreteras y puentes, etc.

Esa es la triste realidad que hoy tenemos por delante y me refiero a ella en este contexto porque ni ustedes ni yo, ni nadie puede ser ajeno o extraño a lo que gran parte de nuestro amado país está sufriendo.

Queridísimos graduandos y graduandas, a ustedes les cabe el honor de graduarse en el mismo año jubilar de la Universidad, como señalé al comienzo de mis palabras.

Este ha sido un año también para recordar a las personas que desde el principio se comprometieron con admirable fidelidad en impulsar a nuestra Universidad.

Antes mencioné a mi querido predecesor en la sede metropolitana de Santo Domingo, el Eminentísimo Cardenal Octavio Antonio Beras Rojas, el primer dominicano en toda nuestra historia en ser investido con la púrpura cardenalicia.

Ahora quiero referirme al hombre que desde el comienzo desempeñó la función de Vice-presidente de la Fundación Universitaria Católica, el Dr. Andrés Dauhajre, gran amigo, excelente persona y extraordinario colaborador tanto en la Universidad como en el Colegio Santo Domingo.

La Universidad y quienes nos sentimos más vinculados a ella hemos considerado justo y oportuno rendirle un homenaje a su memoria otorgándole en esta ocasión el Doctorado honoris causa (póstumo) que recibirán sus hijos en representación de él, aunque sé que su distinguida esposa Doña Odette también está espiritualmente con nosotros. A sus familiares quiero reiterarles que Don Andrés tomó la causa de la Universidad Católica Santo Domingo como algo que le pertenecía, trabajó incansablemente por ella y en todo momento, hasta el final de sus días, estuvo pendiente de su crecimiento y desarrollo, por eso nos sentimos en la obligación de recordarle con inmenso cariño y gratitud al llegar la Universidad a sus veinticinco años.

Además del Señor Cardenal Beras Rojas y del Dr. Andrés Dauhajre, debemos recordar a varias personas que también fueron miembros de la Fundación y han sido llamados a la casa del Padre celestial, son ellos: el Dr. Luis Augusto Ginebra, Don Rafael Herrera, el Dr. Salvador Iglesias, el Dr. Máximo Pellerano y Don Ramón Vila Piola. Nuestro agradecido recuerdo se extiende a otras personas que también fueron miembros de la Fundación, como es el caso del admirado Fray Vicente Rubio, O.P. y del Ing. Pedro Morales Troncoso, que siempre se sintieron sinceramente vinculados con nuestra Universidad.

Lo mismo dígase de varias personas más que trabajaron tanto en la Fundación como en la Universidad y que no están con nosotros.

En este momento no puede faltar el reconocimiento a las dos personas que dirigieron la Universidad en su condición de Rectores, el Dr. Arq. César Iván Feris y el R.P. Dr. Milton Ruiz, llegue hasta ellos nuestra más profunda gratitud.

Y, ¿cómo no mencionar en este momento al Rev. Padre Dr. Ramón Alonso, S.D.B., quien ha sido el artífice de la Universidad con su trabajo serio, sostenido, abnegado y previsor?.

La Universidad Católica Santo Domingo y en particular quien les habla sentimos el deber de decir al querido P. Alonso que le queremos, que le agradecemos su admirable testimonio de vida, su reconocido amor por la educación dominicana desde que estuvo al frente del Colegio Don Bosco y su incansable labor al frente de nuestra Universidad por casi diecinueve años. Yo espero que los graduandos y graduandas de hoy, así como todos los egresados conserven del R.P. Ramón Alonso, el mejor de los recuerdos junto con su imperecedero agradecimiento.

Quiero concluir mis palabras con una referencia a la fiesta que se acerca, la Navidad y lo hago con una cita del Concilio Vaticano II que Juan Pablo II trajo a colación en la misa celebrada para los universitarios de Roma el 18 de diciembre de 1979, hace hoy exactamente veintiocho años: “Con la Encarnación, el Hijo de Dios – leemos en la Constitución conciliar Gozo y Esperanza ñ se ha unido en cierta manera a cada hombre. Ha trabajado con manos de hombre, ha obrado con voluntad de hombre, ha amado con corazón de hombre. Naciendo de María Virgen, Él se ha hecho verdaderamente uno de nosotros, menos en el pecado” (Homilía de Adviento a los Universitarios romanos, n.22).

Es el gran misterio de Dios que se encierra en el seno de una mujer hermanando así lo divino y lo humano, misterio ante el cual nos inclinamos reverentes reconociendo en el Niño pobre e indefenso que nace en Belén al Hijo de Dios Padre que “acampa en medio de nosotros”, para usar las palabras de San Juan en el prólogo de su evangelio.

Mis queridísimos graduandos y graduandas, cuánto me alegra compartir con ustedes este memorable momento.

Como educador que he sido sé lo que bulle en sus corazones juveniles, hoy acarician un sueño que ciertamente les ha costado sacrificios pero, al fin valió la pena.

Como Pastor que debo velar por su fe y por su formación integral en una Universidad Católica me satisface que estén ustedes abiertos a los valores del espíritu y dispuestos a testimoniarlos en los ambientes en que van a poner en práctica lo aprendido en nuestras aulas.

Junto con sus padres y demás familiares, me congratulo con cada uno de ustedes.

En nombre de la Fundación Universitaria Católica que patrocina esta Universidad, de sus autoridades académicas, funcionarios, profesores y de cuantos les han servido en estos años, reciban todos la más cálida y sincera felicitación por el triunfo hoy logrado que, así lo esperamos, sea preludio y garantía de otros muchos que la universidad de la vida les tenga reservados y estén seguros que los seguimos considerando miembros de nuestra ya numerosa familia universitaria.

Con mi cordial cariño y bendición para ustedes y sus queridos padres y familiares, Arzobispo Metropolitano de Santo Domingo
Primado de América.

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