Diplomacia real y diplomacia irreal

4 01 2008

ACABA de concluir el último año de la presente legislatura con la constatación de que la actividad de Don Juan Carlos en materia de política exterior ha superado con creces a la del presidente del Gobierno, cuyo desinterés por la proyección internacional de nuestro país ha quedado claramente puesto de manifiesto. Gestos como la visita del Rey -acompañado por el ministro de Defensa- a los soldados españoles en Afganistán han hecho más para reafirmar la solidez de nuestro compromiso con nuestros aliados de la OTAN que cuatro años de tacañería política en el Consejo Atlántico, donde por cierto nos estamos quedando aún más solos después del giro proatlantista del nuevo presidente francés.
En efecto, el resultado del año en materia de política exterior es muy deficiente. Se cumplen ya dos meses desde que el Rey de Marruecos llamó a consultas a su embajador en Madrid y la situación de nuestras relaciones con el vecino del sur sigue siendo un galimatías. El Gobierno -y muy especialmente su responsable de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos- presume de haber dedicado el grueso de sus esfuerzos diplomáticos a estabilizar la convivencia con Marruecos, y resulta que a dos meses de las elecciones se han quedado prisioneros de la política interior: si Marruecos resolviera el regreso del embajador durante la campaña electoral, podría considerarse como una señal de preferencia hacia un candidato. Si no lo hiciera, naturalmente, también. Y si quiere esperar al resultado de las elecciones, entonces quedaría un tanto deslucida esa pretendida «tradición» que parece condenar a los primeros ministros españoles a realizar su primer viaje a Marruecos, en vez de hacerlo a Berlín o a París, que sería lo natural dados nuestros intereses estratégicos.
Para ser el elemento central de la política exterior de esta legislatura, las cosas no podían ir peor. Se explicó que se trataba de buscar fórmulas para combatir la inmigración ilegal, y entonces se descubre que en estos momentos las patrulleras españolas se han quedado solas, sin apoyo del Frontex comunitario, a pesar de que en cada cumbre europea el único afán del presidente Rodríguez Zapatero ha sido lograr que se incluyeran unas líneas en la declaración final. A pesar de todos los esfuerzos desplegados en África, es evidente que no han funcionado las medidas con las que se dijo que se pretendía disuadir a los candidatos a la inmigración clandestina, que siguen llegando, aunque en menor medida que en años anteriores, a Canarias y al sur de la Península.
Ni normalización con Argelia, ni avances en la resolución del problema del Sahara Occidental, ni beneficios para nuestros intereses del acuerdo firmado en Córdoba para la supuesta utilización conjunta del Aeropuerto de Gibraltar. La política exterior del Gobierno dirigida hacia el sur es un desastre sin paliativos. Sólo queda la iniciativa francesa de intentar forjar una comunidad del Mediterráneo, a la que se ha sumado España con entusiasmo, a pesar de que su futuro es todavía una incógnita.
En cuanto a Europa, ¿qué se podría esperar de un Gobierno que ha llegado a anular una cumbre con Alemania porque consideraba que no tenía suficiente contenido? Nadie se puede extrañar de que ahora, cuando se va a producir un hecho claramente perjudicial para nuestros intereses con el caso de Kosovo, las posiciones españolas hayan sido claramente ignoradas dentro de la UE.
El Gobierno socialista ha pasado por alto todos los elementos básicos de la política exterior que hacían de España un país importante en el mundo: las relaciones con Estados Unidos; con Marruecos, en el problema del Sahara Occidental; en el contencioso de Gibraltar, o en la que probablemente será la primera vez que se viola el derecho internacional en materia de soberanía. Incluso ha abandonado a los demócratas cubanos en el momento en que se atisban los primeros cambios. No sorprende que el hecho más destacado del año sea la frase que le dirigió en Chile Su Majestad el Rey a Hugo Chávez. Palabras de eficacia real frente a la vacua palabrería de un Ejecutivo desnortado.
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