ONU. HISTORIA DE LA CORRUPCIÓN

12 04 2008

Por Juan Ramón Rallo

Detalle de la portada de ONU. HISTORIA DE LA CORRUPCIÓN.
Mucha gente cree que existe un natural instinto del ser humano a delinquir. El hombre es malo y corruptible, por tanto hay que crear un Estado que le obligue a ser bueno. Esta fundamentación contractualista del Estado tiene un problema fundamental que ya pusiera de manifiesto Anthony de Jasay: el Estado no dejan de ser hombres –y por tanto, seres malos y corruptibles– ungidos con un gran poder.
En tal caso, si el Estado se ha instituido para protegernos de los ciudadanos malos, ¿quién nos protegerá del Estado? Los contractualistas no son muy originales en su respuesta: será necesario un Estado superior que proteja a los individuos de sus estados. Así pues, para defenderme de mi vecino necesito al Estado español y para defenderme del Estado español necesito un Estado europeo; y para defenderme del Estado europeo necesitaré, cómo no, un Estado mundial.
No es casual, pues, que los socialistas sean unos enérgicos defensores del Estado mundial. Según su estrecha visión, siempre será necesaria una instancia superior que nos proteja de los poderosos. La situación, sin embargo, resulta inquietante: ¿conviene dotar de tan grandes poderes a seres humanos malos y corruptibles?
Por una suerte de mística, la izquierda cree que los políticos siempre son sabios e ilustrados que persiguen abnegadamente el bienestar general. Los liberales, por el contrario, siempre tenemos presente la cabal advertencia de Lord Acton: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Si el ser humano es corruptible, tanto más lo será cuanto más poder tenga.
No es de extrañar, por tanto, que el nido de mayor degradación del mundo se encuentre en las Naciones Unidas. La ONU es un embrión de Estado mundial que, en teoría, debe encargarse de proteger a los ciudadanos de las guerras y los ataques que perpetran los estados nacionales. Como escalafón más elevado, se trata de una de las burocracias más corruptas.
Sede de Naciones Unidas en Nueva York.El último libro de Eric Frattini, ONU. Historia de la corrupción, está dedicado a relatarnos algunas de las atrocidades que el “guardián de los guardianes” ha cometido a lo largo de su historia.
Los orígenes de la criatura se encuentran, irónicamente, en el prostíbulo neoyorkino Billy Rose’s Diamond Horseshoe, “sexo y alcohol durante toda la noche para los padres fundadores de la ONU”. Por lo visto, los diplomáticos consideraron que necesitaban un poco de relax para rebajar la tensión de las negociaciones. Nada mejor que un lupanar estadounidense donde poder proseguir con el diseño de las Naciones Unidas.
Marcada por este “pecado original”, la prostitución se ha convertido en compañera inseparable de la ONU durante toda su vida. De hecho, su primer secretario general, Trygve Lie, fue descubierto en un prostíbulo de Ginebra por otro funcionario de la ONU durante un viaje oficial.
Mucho más grave fueron los sucesos de las UN call-girls. Estas muchachas eran supuestamente espías de EEUU cuyo cometido era seducir a los diplomáticos: “En el segundo piso del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York, con sus grandes ventanales sobre East River, las cortesanas (…) proporcionaban un complemento animado a las reuniones diplomáticas”. De hecho, estas geishas se infiltraron de tal manera en la estructura de las Naciones Unidas que se volvieron incontrolables; todos los diplomáticos, a todas horas, estaban haciendo uso de sus servicios sexuales. Durante las pausas de las reuniones, los embajadores acudían en manada al baño acompañados por estas chicas.
La buena vida de los embajadores continuaba sin demasiadas dificultades, hasta que, un día, una joven de menos de 20 años apareció “brutalmente golpeada, violada, sodomizada y estrangulada” en una delegación de un país árabe. Por lo visto, después de drogarla, los diplomáticos, haciendo uso de su inmunidad diplomática, se dedicaron a violarla, hasta que, finalmente, falleció. El entonces secretario general, U Thant, se negó a denunciar los hechos, entre otras cosas porque el país árabe en cuestión estaba a punto de entregar una cuantiosa donación de petrodólares a la ONU.
La burocracia también se convirtió en un instrumento de acoso sexual interno: “Una de cada cuatro mujeres trabajadoras de las Naciones Unidas dijo haber sido acosada sexualmente, mediante proposiciones para realizar favores sexuales a cambio de una promoción u otros beneficios en el trabajo”. El caso más famoso, por su repercusión mediática, fue el de Catherine Claxton, que se vio acosada por un alto cargo, protegido y amigo del poderoso Butros-Gali.
El acoso sexual era frecuentísimo, incluso entre hombres. El asistente para Asuntos de Protocolo de Pérez de Cuéllar, un diplomático egipcio llamado Aly Teymour, se vio envuelto en un caso de acoso sexual a un joven funcionario que terminó con la rescisión del contrato del acosado.
Pero, sin duda, los casos más graves de prostitución han sido los protagonizados por los “cascos azules”, ese proyecto de ejército mundial que tiene que velar por la paz universal. Allí donde han sido enviados en “misión humanitaria”, las redes de prostitución se han multiplicado. En Mozambique se produjeron violaciones de niños y niñas de hasta ocho años de edad. En Liberia, varias niñas que se negaron a prostituirse fueron degolladas. En Kosovo hubo cascos azules que contribuyeron a expandir el tráfico de mujeres y niñas. En el Congo se practicaba la violación sistemática de las mujeres de las tribus, que, al haber sido “mancilladas”, estaban condenadas a quedarse sin marido. Las prácticas eran tan habituales que, bajo el secretariado general de Kofi Annan, uno de los primeros aprovisionamientos que recibían los cascos azules al desembarcar en un país era una caja de preservativos.
Dos crímenes me parecen especialmente repugnantes. El primero tuvo lugar en Bosnia-Herzegovina y afectó a cascos azules canadienses: “En julio de 1996, el ejército canadiense reconocía que había pruebas suficientes que demostraban que hasta treinta y dos casos azules de Canadá habrían golpeado, torturado y violado a pacientes y enfermeras de un hospital psiquiátrico de Bosnia”. Hay que tener presente que las barbaries de los cascos azules han sido perpetradas por soldados de todas las nacionalidades; no se trata de gente especialmente incivilizada, sino de una estructura política y estatalista que lleva el mal inserto en su constitución.
El segundo caso acaeció en Angola: varios casos azules violaron a una niña de once años que había perdido la pierna izquierda al ser alcanzada por una mina antipersona. En otras palabras, la cría, ingresada en el hospital, ni siquiera tuvo la opción de salir corriendo.
Los crímenes de los casos azules y de sus altos mandos van mucho más allá. En Somalia, las dos actividades preferidas de los casos azules eran “el disparo turco” y “el submarino”. El primero consistía en disparar desde lejos a un grupo de somalíes para ver cuántos caían muertos; el segundo, en lanzar al río Juba a niños que no sabían nadar para ver cuántos eran rescatados por sus familias antes de que se ahogaran. Los salvajismos pacificadores fueron más allá: Frattini nos ofrece imágenes de cascos azules quemando en una fogata a un niño somalí, u obligando a otro a beberse sus vómitos.
Corruptos existen en todas partes; por ello, la cuestión que debemos plantearnos es por qué la ONU no ha hecho nada para arrancar de raíz estos males. La política frecuente de la organización ha pasado por ocultar los datos, no investigarlos o, como mucho, lanzar una reprimenda a los soldados. Pocos expedientes –y no por iniciativa de la ONU, sino de las autoridades nacionales– se han llegado a abrir.
Kofi Annan.Conocida es, así mismo, la responsabilidad de Kofi Annan en el genocidio ruandés. Mientras que el general Romeo Dallaire, un casco azul honrado, insistía en la necesidad de eliminar los depósitos de armas de los hutus, tras haber interceptado información relativa a sus intenciones asesinas, Annan se limitó a ordenarle que “no debía llevar a cabo ninguna de las acciones que él proponía”, pues el cometido de la ONU no era el de tomar parte por ninguna de las partes en conflicto. El resultado fueron 800.000 tutsis y hutus moderados asesinados, torturados y masacrados.
Ahora bien, tampoco pensemos que todos los casos azules destinados en Ruanda eran hermanitas de la caridad. Algún alto mando como el general Dallaire tenían la intención de detener el genocidio, pero otros se dedicaron a divertirse. Veamos qué escribe Frattini acerca de la tragedia del magistrado Joseph Kovaruganda, un hutu moderado opuesto al conflicto: “Mientras los hutus mutilaban al juez y violaban a su esposa y a sus dos hijas, de once y nueve años, los casos azules de Ghana reían y bebían con los verdugos fuera de la casa”.
Frattini nos habla también de espionaje masivo, de pelotazos inmobiliarios, de corruptelas con las ayudas a los refugiados, de dislates militares… Como no podía ser de otra forma, el poder absoluto corrompe absolutamente.
Por ello mismo, la conclusión del autor no podía ser más desafortunada: “Una reforma es necesaria para evitar que la rapiña y el robo llevado a cabo por parte de unos pocos funcionarios empañe la gran labor de una organización como las Naciones Unidas, tan necesaria para los tiempos que corren”.
¿Para qué necesitamos a la ONU? ¿Para que expolie, viole y masacre poblaciones enteras? No, no necesitamos un Estado mundial: este libro es un perfecto reflejo de su comportamiento. Sería un error pensar que todos estos crímenes han sido fruto de la casualidad o de los malos controles. Es evidente que hay algo estructural –la enorme acumulación de poder– que hace que la ONU sólo pueda ser como ha sido: un cenagal de muerte y destrucción.
Además, una última reflexión es imprescindible. Todos estos crímenes execrables, que tanto nos repugnan, los hemos financiado con nuestro dinero. Sin nuestros impuestos, la ONU no hubiera existido ni hubiera emprendido sus torpes y delictivas acciones “humanitarias”. Pero lo peor de todo es que, por ministerio de la ley y de los impuestos, no podemos hacer nada para dejar de financiarlas de inmediato. Ya lo saben: esto es el “bienestar general” que promueve el Estado.

Eric Frattini: ONU. Historia de la corrupción. Espasa, 2005. 340 páginas.

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